Luces y sombras de un año de No Nacemos Víctimas

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Hace un año, fuimos un poco raras. Pero ya era detectable lo que se ha acentuado: el victimismo de una corriente feminista que pone el acento continuamente en los problemas y barreras a las que se tiene que enfrentar un colectivo, “las mujeres”, oprimido por una estructura maligna y opresora, el “patriarcado”, teoría a la que cada vez se dedican más departamentos universitarios, think tanks y asociaciones, muchas de ellas subvencionadas con dinero público.

La corriente ha ido a más, claro, porque tenemos en el Gobierno a una vicepresidenta, Carmen Calvo, que no para de decir que las mujeres estamos oprimidas y maltratadas por la otra mitad de la población, los hombres. Y ha ido a más porque ha surgido un partido político que se ha convertido con doce diputados en el Parlamento de Andalucía en una grave amenaza para “las mujeres”, según ese discurso dominante en el feminismo de izquierdas.

En No Nacemos Víctimas no somos de ningún partido. Porque no somos un colectivo al uso. Somos mujeres a las que sólo nos une nuestro deseo de que dejen de hablar en nuestro nombre, en nombre de “las mujeres”. Porque, insistimos, las valientes feministas pioneras que lucharon por nuestros derechos, lo hicieron para que fuéramos considerado iguales a los hombres, no para librarse de su tutela para ser consideradas todas necesitadas de medidas especiales de protección, de organismos de la mujer, de leyes que penalicen más a los hombres por ser más fuertes que nosotras y por la violencia que han ejercido históricamente. No. Conseguimos ser iguales en derechos y deberes, queremos ser iguales para que se nos consideren personas, adultas y libres, no un colectivo.

Un año después tenemos motivos para la alegría y para la preocupación. Por una parte, vemos que las raras del año pasado, las llamadas “abejas reinas” por un sector de la prensa feminista militante, hemos conseguido que parte de nuestro discurso cale en otros. Que ya haya políticas que cada vez más a menudo recuerden que nadie es quién para hablar en nombre de todas las mujeres.

Pero, a la vez, asistimos con preocupación al estrechamiento de los márgenes que fija el feminismo victimista para considerar “machista” a cualquiera que no comulgue con su ideario. El último ejemplo ha sido un estudio presentado por el Centro Reina Sofía Fad sobre Juventud y Adolescencia en el que se dice que “un 56% aún muestra actitudes machistas, resistentes a reconocer que existe una desigualdad entre ambos sexos”. O sea, que ahora el machismo es reconocer que hombres y mujeres somos iguales. A eso se une que la vicepresidenta del Gobierno, Carmen Calvo, dijo que no bastaba que unas pocas fueran libres, que se trataba de que todas fuéramos iguales.

Esperemos que se refiera a igual de libres. Y nosotras insistimos, un año más tarde, en que el mensaje que hay que dar a las niñas es que pueden intentar llegar a ser lo que quieran ser. Porque muchas ya lo han hecho antes que ellas.

Y no todas tienen que querer lo mismo. Insistimos en ese mensaje crucial: se trata de que elijamos lo que nos convenga y, las que somos madres, que nos podamos organizar como mejor queramos y podamos y eso incluye también la posibilidad de que haya mujeres que prefieran pasar más tiempo con sus familias, tanto como la opción de querer llegar a lo más alto que se pueda profesionalmente. Que no todas tenemos que querer lo mismo.

En cuanto a la Violencia de Género, hemos visto que la cifra de asesinadas se mantiene. Como dijimos entonces, tenemos mucha esperanza en los estudios científicos que se llevan a cabo para determinar si pueden existir algunos patrones, ciertos factores de riesgo, que ayuden a prevenir porque todo es mucho más complicado que la pancarta de “El machismo mata”. Pedimos, además, que se pueda evaluar con rigor y seriedad el enfoque de la actual LIVG, dado que hay en marcha una iniciativa en el Congreso que se llama Ciencia en el Parlamento. Pues queremos eso, ni más ni menos, evaluación rigurosa sin miedo a la verdad.

Seguiremos aquí. Independientes, representando a las que no queremos que nadie nos represente como un cuerpo monolítico. No. Considerarnos víctimas, débiles, y todas iguales es un enfoque muy machista. Tanto que creemos que el feminismo más genuino es el que ahora precisa denunciar al victimista. Porque nosotras creemos en la igualdad de mujeres y hombres.

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